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“El hombre nunca es más dueño de sí que en el silencio” Dinouart

Qué contradictorio es tener que recurrir a las palabras para poder explicar un fenómeno como el Silencio. Pero en estos tiempos en los que se ha vuelto un bien muy escaso, es necesario hacer el esfuerzo por comprenderlo, aclararlo y ver su relación con las distintas artes y con la vida en general. No es un término extraño, más bien nos es muy familiar, pero a la hora de expresar su significado, o mejor dicho, sus significados, y su influencia en nosotros, nos encontramos con una gran dificultad extraída de los innumerables recorridos por los que su reflexión nos lleva.

Mi voz, reproducida en vuestro pensamiento a través de este texto, va a intentar aportar un poco de luz sobre ese sendero tan umbrío que es el camino hacia el silencio. El fundamento de este escrito no es hacer un repaso de todos los puntos de vista o teorías desde los que se ha tratado, ni nombrar a todos los pensadores o creadores que lo han manejado de una manera u otra. Se trata de un recorrido en tono personal y subjetivo, por aquellas lecturas, audiciones y visualizaciones que me han interesado en los últimos tiempos, y que se han acercado al silencio. Y no podría ser de otra forma ya que, como iremos viendo, hablar del silencio es inevitablemente hablar del “yo”. Además, últimamente es una palabra que me aparece por muchos lugares inconexos. ¿Será casualidad?, ¿será el anhelo por encontrarlo?, ¿será algo latente en el ambiente? Vamos a intentar descifrarlo.

El sentido e interpretación que se le da al silencio en una sociedad determinada depende del contexto histórico, social y cultural. “Toda lengua tiene su propio mutismo”, dijo Elias Canetti. Por ejemplo, en nuestra cultura, cuando hay un grupo de personas y se produce un silencio, este suele crear incomodidad (incluso tenemos una frase popular que se usa en esos casos para romper el hielo, “ha pasado un ángel”). Y esto ocurre justo en una sociedad que está tremendamente saturada del ruido ensordecedor de la disolución mediática. Estamos habituados a ese constante murmullo de voces, música, ruidos ambientales, conversaciones banales, etcétera de esta sociedad sustentada en las máquinas y en los medios de comunicación de masas.

Dinouart, en el siglo XVIII, ya dijo ” la furia por hablar y por escribir (…) es como una enfermedad epidémica“. Según Nietzsche, “a un escritor debería vérselo como un malhechor que solo en casos rarísimos, merece absolución o indulto: sería un medio contra la proliferación de libros“. ¡Si hubieran visto lo que pasaría unos siglos más tarde!

La voz sin contenido de los medios de comunicación enmudece el juicio reflexivo y endurece las sensibilidades más sutiles. La anulación del pensamiento de esta manera, aporta consuelo en un primer momento, pero a la larga satura nuestra paz interior. El único silencio que se conoce en nuestro entorno es cuando los motores dejan de funcionar y se corta la transmisión. Y, en ese momento, fuertemente aflora la irritación y el malestar de la civilización, que corre a solucionar el problema para que todo vuelva a funcionar, a sonar.

Para el Hommo Communicans y su ideología, el silencio, y todo lo que él implica, es vacío y no tiene ningún valor, por eso es su enemigo número uno: ha de fluir la corriente continua de imágenes y sonidos para que siga sustentando el establishment. Pero esa palabra incesante no pretende tener respuesta, ni siquiera persigue ser escuchada con atención. Simplemente está ahí para poder continuar con el sistema instaurado. Por ese motivo, en la actualidad, reivindicar el silencio es casi un acto subversivo, puesto que su práctica aviva el discurso inteligente y reflexivo frente al ruido incesante. El chaparrón de palabras, músicas y resonancias varias hacen muy apetecibles el sosiego, la tranquilidad, la reserva, el sigilo… para dedicarle tiempo a la conversación (escuchar, asimilar y responder), y tiempo a uno mismo y a lo que nos rodea de forma natural.

En Occidente, tradicionalmente se entiende el silencio de dos maneras: como bien diferenció Jean-Louis Chrétien en El arca de la palabra (1998), por un lado existe como dimensión, el que escuchamos (la falta de ruido); y, por otro lado, como acto, es decir, el que hacemos (la abstención de hablar). Por lo tanto, la forma que tenemos de entenderlo en nuestra sociedad es como la ausencia de ondas de sonido, tanto producidas por nosotros, como producidas por un agente externo. Sin embargo, y como veremos más adelante, en la cultura oriental cercana al yoga, al Zen y al budismo, se incluye un tercer componente, al que curiosamente consideran el más importante: el mutismo de la mente, del “yo interior”. Pero vamos por partes para ir con sigilo a través de este intrincado laberinto de conceptos.

Una de las disciplinas donde más trascendencia tienen los silencios es en la música: cada figura armónica cuenta con su correspondiente pausa que posee su misma duración y valor. Sin ellos, la melodía no funcionaría, pues separan las distintas frases musicales, y los intérpretes no tendrían tiempo de respiración y descanso. Además, en música se contemplan distintos tipos de silencio, muchos de ellos expresivos, usados para enfatizar ciertas emociones, como expectación, tensión, relajación… Ahí es, según mi entendimiento, donde realmente confluyen la sensibilidad del compositor y del oyente: es un momento creado por el autor de la pieza, pero también es el instante en el que el que escucha hace su aportación, es cuando aflora el “yo” del espectador. Es, en el silencio expresivo, donde ambos sujetos crean esa inmaterialidad que es la música, combinación de sonidos y sentimientos. Porque, ¿qué es la música si no un generador de sensaciones? Ya dijo Rameau en su tratado Generación armónica de 1737 que su “finalidad es alegrar y excitar en nosotros diversas pasiones”.

En muchas ocasiones, un genio también se identifica en esas sabias pausas que nos conmueven. Valga por ejemplo Mozart, del que Einstein dijo que, con su música, “captura la armonía (silenciosa) del universo”. Escuchad su Requiem: como todos estos tipos de misas, que curiosamente en latín significa “descanso”, esta está dividida en sus partes establecidas por la tradición, con sus correspondientes intervalos. Haced el esfuerzo de centrar vuestra atención en los silencios. ¡Cómo se encoge el alma en el que precede a Dies Irae! Y ¿qué opináis del que se produce al final? Claudio Abbado fue bien consciente de ello cuando guardó un silencio de 40 segundos al terminar el Requiem de Wolfgang Amadeus en el Festival de Lucerne de 2012. Al igual que el actor y director de cine Sacha Guitry quien dijo “lo que es maravilloso de la música de Mozart es que el silencio que la sigue también es de Mozart “. Sí, también es de él, pero además nos pertenece a nosotros. Es el instante en el que nuestro presente y el del compositor se unen para generarnos una vibración interior. Es como cuando, tras una conversación, el eco de las palabras recién intercambiadas resuenan dentro de nosotros. Me recuerda a lo que la astrofísica llama “agujero de gusano del intrauniverso”: algo que conecta una posición de un universo con otra posición del mismo, en un tiempo diferente. Como el espacio que existe delante de una obra pictórica o que rodea a una escultura: es el lugar que el artista ocupó en el momento de la creación, y que, en nuestra contemplación, estamos compartiendo con él a pesar del paso del tiempo. Para mí, puede llegar a ser de similar repercusión notar esa vinculación inmaterial como observar la obra en sí; escuchar el silencio al mismo nivel que el sonido.

Todo ello es darle relevancia a la vacuidad en una época en la que se suele apreciar más lo material. Una dirección muy cercana a la vía tomada por las teorías actuales de la física y la astronomía, las cuales se están centrando en lo que tradicionalmente se ha considerado como el “vacío” y la “nada”. Ahora, ese espacio desocupado en realidad es el Campo de Higgs, lleno de partículas de igual valor que la materia, y sin las cuales esta no podría existir. Es más, todo el universo se mantiene unido gracias a la materia oscura, esa red que no podemos ver ni aprehender, pero que significa el 90% de todo lo que existe, y sin la cual el cosmos no se sustentaría.

En 1996 el telescopio Hubble, fue dirigido hacia un lugar del espacio que parecía vacío (sin planetas, estrellas o galaxias): durante diez días capturó fotones que habían viajado durante 13000 millones de años, que revelaron la existencia de miles de galaxias nuevas en lo que se conoce como el Campo Ultra Profundo, lo más lejos que se ha visto del universo. ¿Y si prestamos un poco más de atención ahí donde aparenta no haber o sonar nada?
campo ultraprofundo

campo ultraprofundo

Los matemáticos de la India, entorno al siglo VII, hicieron de la nada un número, el cero, y gracias a ello potenciaron al infinito el resto de números. Sin ese valor, en principio nulo, las operaciones algebraicas no hubieran sido posibles, y la ciencia y la técnica no se hubiera podido desarrollar hasta los extremos que hoy conocemos. Leibniz lo tenía clarísimo: para construir el mundo necesitamos tanto “algo”, el uno, como montones de “nada”, el cero. Y siguiendo esa mentalidad inventó algo tan relevante para nuestra sociedad actual con son los números binarios. En 1944 Colosus, el primer computador digital, sustituyó el uno por “encendido” y el cero por “apagado”; es decir, el sistema diádico, y sus dos niveles de voltaje, comenzó a ser usado en la ciencia de la computación, y las posibilidades se dispararon hasta llegar a crear nuestros ordenadores actuales, internet y toda la era digital. ¿Algo o nada? ¿Uno o cero? ¿Apagado o encendido? ¿Sonido o silencio? ¿Qué tiene más valor?

Fue John Cage el compositor musical que más pensó acerca del silencio, posiblemente por su cercanía al Zen y por su trayectoria como filósofo: opinaba que nuestra vida está llena de ruidos, sin momentos de calma auditiva. Por ese motivo, decimos, erróneamente, que hay silencio, no cuando hay realmente ausencia de sonoridad, sino cuando no hay conexiones entre nosotros y las intenciones que producen los sonidos ambientales. Si intentamos ignorar esa contaminación acústica, se vuelve molesta. Pero si la escuchamos, puede volverse alucinante e incluso enriquecedora. El objetivo de Cage a partir de esa revelación fue dejar de lado los instrumentos tradicionales y empezar a “organizar el sonido”, e incluso, dejar de componer música para permitir que hablase el ambiente. Así, en 1952 creó la obra silenciosa para piano llamada 4´33´´, en la que el intérprete se sienta delante del instrumento sin ejecutar ni una sola nota durante 4 minutos y 33 segundos. Aprender a escuchar, no saturar nuestros oídos con sonidos prefijados, prestar atención a lo que hay más allá de lo evidente. Anteriormente, en 1951 John Cage visitó la cámara anecoica de la Universidad de Harvard: una sala preparada para que ningún sonido exterior entre en ella, y para que todas las ondas acústicas o electromagnéticas sean absorbidas. Cage no encontró el silencio absoluto que iba buscando: “oía dos sonidos”, dijo, “uno alto y otro bajo. Cuando se los describí al ingeniero a cargo me informó que el alto era mi sistema nervioso y el bajo, mi sangre en circulación”. Nosotros, mientras estamos vivos, producimos ruidos inevitablemente. Hegel escribió en su Curso de estética que el sonido es un elemento lleno de alma y de vida. Para el ciudadano occidental, el sonido suele ser sinónimo de vida y el silencio, al estar asociado a la muerte y a la soledad, le suele producir miedo e inquietud. Tal vez, miedo al encuentro directo con uno mismo. En esa omisión, aparece con mayor fuerza nuestro “yo” tanto físico (funciones fisiológicas) como psicológico (la voz interior de nuestros pensamientos). Heidegger ya nos inducía a callar para dejar que el “ser” nos hablase. En realidad, cada enunciado surge del interior del individuo, el cual mantiene una conversación permanente consigo mismo. Eso que llamamos el pensamiento: imágenes y conceptos difusos que no paran de generarse dentro de nosotros. Todo lo que decimos se crea en ese mundo íntimo, sin espacio ni tiempo, lleno de deseos, temores, emociones e ideas.

Para la mayoría de los filósofos de la Edad Moderna y Contemporánea, la ausencia de palabras tiene la misma o más trascendencia que el propio discurso en el comportamiento humano. Consideran que la comunicación no verbal en el hombre también ha construido su forma de pensar y de actuar: esta forma parte del lenguaje, activa otros códigos de transmisión (como el gestual) y enfatiza ciertas intenciones en la conversación (de complicidad, de rechazo, etcétera). El silencio en el diálogo no es un vacío, sino que tiene su significante. Además, cada ser humano tiene su propio modo de hablar, así como de callar, por lo que, tanto en lo dicho como con lo no dicho, se muestra la personalidad de cada individuo. Es más, cuando alguien se calla, expone su cuerpo con más intensidad, pasando a cobrar mayor importancia su rostro, sus manos, su fisionomía, permitiendo el intercambio de miradas y emociones, gestos que, por su universalidad, en muchas ocasiones son más eficaces que el lenguaje oral. Dinouart en El arte de callar (1771) dijo “que hable entonces vuestro rostro por vuestra lengua”. Para él, el no hablar es todo un arte y el movimiento del cuerpo, una disciplina. Es más, se trata de un imperativo moral, pues genera ciudadanos fieles, discretos y virtuosos, así como es un signo distintivo de una conducta inspirada por la prudencia. Ya en la Grecia clásica, los pitagóricos consideraban el silencio como una señal de discreción y autodominio.

En ocasiones, la omisión de algo dota de un gran poder: el secreto, la ambigüedad, la indiferencia… “Ahora las sirenas disponen de un arma todavía más fatídica que su canto: su silencio. Y aunque es difícil imaginar que alguien pueda romper el encanto de su voz, es seguro que el encanto de su silencio siempre perviva”, apuntaba Kafka. Otros pensadores contemporáneos fueron más allá. Wittgenstein llegó a renunciar a la palabra señalando que intentar decir lo indecible nos aleja de la realidad. Ya lo canta Depeche Mode en Enjoy the silence: “las palabras son muy innecesarias […] no significan nada y son olvidables”. Por su parte, Bacon creía que las palabras violentan la comprensión y llevan a la humanidad a innumerables confusiones y controversias.

Nietzsche en su libro Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de 1873, muestra una fuerte desconfianza frente al lenguaje al cual consideraba un instrumento apto para aferrar el ser, pero no el devenir. El lenguaje falsea la realidad ya que sus designaciones convencionales no son la expresión adecuada a las realidades, sino que fueron fijadas por el hombre por motivos de utilidad. “Nuestras vivencias auténticas no son en modo alguno charlatanas. No podrían comunicarse ni siquiera […] el lenguaje, parece, ha sido inventado solo para decir lo ordinario, mediano, comunicable”. Y el pensamiento está indisolublemente ligado al lenguaje y por ello se halla condenado a tener por verdades lo que son ilusiones. Nietzsche intentó escapar de las redes del lenguaje pero apoyándose en él. Incluso aspiró a algo más: en lugar de decir media verdad, quiso decir verdad y media, y para ello se aferró al aforismo que literalmente significa “llevar algo fuera de su horizonte”. Esa media verdad excedente, que queda fuera del discurso evidente, ese algo dicho con lo no dicho, ese silencio influenciado por lo expresado, invita a la aventura del pensamiento, pone en entredicho las leyes del intelecto y evita que la verdad se corrompa.

David Lynch en Mulholland Drive presenta un local llamado “Silencio”. Un lugar donde las palabras no favorecen la comprensión de lo que está pasando, un lugar donde no hay significado narrativo. Sin embargo, a pesar de ello, la conexión emocional entre el espectador y la obra existe. A pesar del silencio, hay comunicación.

La pintura, al ser un medio visual, se basa en una comunicación silenciosa. Lo contemplado está en un eterno mutismo. Aún así, las obras plásticas están llenas de información, de mensajes y emociones.

Algunos pintores han recapacitado en torno a este concepto e incluso, han emprendido la gran batalla de pintar el silencio. Como bien es sabido, Kandinsky estimaba en gran medida los elementos primarios de toda expresión: el punto en el dibujo; el silencio en la conversación; el blanco en la pintura… todos ellos considerados inexpresivos por la tradición, él los veía vivos y llenos de posibilidades. Es más, gracias a su sutileza, consideraba que se encontraban por encima de nosotros, como en un mundo superior, y que actuaban directamente en nuestra alma.
Punto y línea sobre plano - W. Kandinsky

Punto y línea sobre plano – W. Kandinsky

El pintor contemporáneo del silencio por excelencia fue Hopper (en épocas pasadas lo fueron el pintor danés Hammershøi y Vermeer de Delft). Sus cuadros recogen un entorno quieto, estático y, como es lógico, si no hay movimiento, no hay sonido. En todo caso, la actividad en ellos solo puede residir en la mente, en el pensamiento del protagonista, ya que incluso, él o ella, están inactivos y ni siquiera interactúan con otros personajes. Son escenas intemporales, son instantes congelados y en ellos, para capturar lo universal, solo aparecen elementos esenciales, eliminando todo lo superfluo, todas las interferencias que entretengan, estorben o ensordezcan la emisión del mensaje que se quiere trasmitir. Aunque desde mi punto de vista no era necesario, todo esto se puede entender viendo la reciente película de Gustav Deutsch, Shirley, visions of reality.
Hopper - Automat, 1927

Hopper – Automat, 1927

A pesar de que las artes plásticas son afásicas, en numerosas ocasiones se recurre a metáforas sonoras para tratar sobre ellas, como si quisiéramos hacer hablar por todos los medios a esas obras que nos fascinan y tanto nos intrigan, y a las que en muchos momentos nos cuesta comprender. Por ejemplo, para la crítico e historiadora Barbara Rose, el arte monocromo de Malevich, es “la voz del silencio de la pintura”, es el rechazo al ruido y al exceso de ego de los artistas.

Das Schweigen von Marcel Duchamp wird überbewertet. 11 de diciembre de 1964. Beauys, Vostell, Schmit y Brock hacen una acción criticando la sobrevaloración del silencio (o “ausencia absoluta del lenguaje” en las palabras de Beauys) de Duchamp. Este había dejado el mundo del arte para dedicarse al ajedrez y a la escritura, y esta fue un adopción que a Joseph Beauys parece que no le agradó mucho: “¿Cómo ha podido suceder que el hombre no tuviera ya nada que decir, que quedara sin lenguaje, es decir, incapaz de comunicar?” Por un lado, Duchamp no dejó de comunicar, sino que cambió los medios y las formas. Y por otro, los que tal vez sobrevaloramos a Duchamp (aunque también a Beauys), tendemos a pensar que su mutismo no fue fortuito. Incluso, conociendo su obra y parte de su vida, no lo considero sorprendente. Una mente tan inquieta, un pensamiento tan agudo, era de esperar que no se quedara reposado en un solo ámbito creativo. Pero a Beauys le hubiera gustado que siguiera hablando y aportando nuevos conceptos artísticos. Sin embargo, sus obras siguen generando conversación en nuestros días, y son muchos los pensamientos, textos, conferencias y debates que continúa suscitando. Las voces de las creaciones de Duchamp persisten hoy, por más que se empeñase en permanecer para siempre, en uno de sus más famosos retratos, con el dedo índice en sus labios… ¿o tal vez no estaba haciendo alusión a su propio silencio, sino al de todos nosotros?… ¿tal vez deberíamos callarnos nosotros también?

“El silencio de Ingmar Bergman no está sobrevalorado”, declaró Beauys, y en gran medida tenía razón: desde mi modo de ver, habría que valorarlo más de lo que se suele hacer. Las películas de Bergman tienen una relación muy profunda con el silencio, tanto que una de ellas, de 1963, se llama El silencio, sin más. En ella, la omisión del habla en los personajes adquiere personificación y es casi un sujeto más: a través del mutismo de los protagonistas, los ruidos ambientales toman el control de la escena, y la realidad, como por ejemplo la inminente guerra, se nos anuncia sin necesidad de complicadas presentaciones. Por otro lado, las distintas nacionalidades de los individuos del film les obliga a recurrir a la ausencia de diálogo para poder entenderse: el silencio posibilita la comunicación; y el lenguaje, aún siendo del mismo idioma, no favorece la comprensión entre personas con un mismo origen, como son las dos hermanas que protagonizan la obra.

Hay algo que transciende los idiomas, que pertenece al mundo de lo no expresado y que conecta ciertos conceptos con otros, como esa energía oscura de la que hablaba anteriormente, que no se percibe y cuya necesaria existencia va más allá de la razón más básica. Un claro ejemplo de ello es la asombrosa similitud que surge de la comparación en distintos idiomas de la palabra “noche” con la palabra “ocho”: night-eight; Nacht-acht; nuit-huit… tal vez el crepúsculo asociado al infinito, y este vinculado al número acostado… o tal vez no… Lo que está claro es que existen ideas en las palabras que usamos a diario que pertenecen a percepciones ancestrales y profundas de la humanidad, y que al pronunciarlas, sin ser conscientes de ello, invocamos representaciones ocultas y silenciadas: esa realidad velada de la que hablaba Nietzsche, que se encuentra tras el lenguaje convencional.

Sustentando el lenguaje convencional está nuestro pensamiento, que es la suma de nuestra imaginación, memoria, raciocinio, percepción y demás funciones de nuestra mente bulliciosa, que no calla salvo en el sueño más profundo. Pero, ¿qué ocurre cuando, a pesar de poseer todas esas utilidades intelectuales, no encontramos la lucidez deseada y solo hallamos paz cuando nos conquista Morfeo? El yoga, el Zen y el budismo contribuyen con una posible solución: acallar la mente mediante la indagación y la meditación; encontrar el silencio interior que nos conecta con el mundo; practicar la introspección. Consideran que todos estos caminos nos conducen a la felicidad, a la perfección y a la independencia, y nos unen a lo eterno, a lo supremo y a lo infinito, conceptos que no pueden ser explicados, pero que pueden ser conocidos a través del silencio, que es la base de la existencia, la fuente del ser, donde todo se origina y donde todo termina. Según Ramana Maharshi y sus Enseñanzas espirituales, la ignorancia, “maya”, es destruida por “mouna”, el estado que transciende el discurso y el pensamiento.



El silencio personal es terapéutico, y el silencio llevado hacia el exterior, beneficia a la humanidad. Beethoven dijo una sabia sentencia, “Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”. ¿Podremos superar esa inercia en la que hemos sucumbido de generar sonidos sin sentido? ¿Seremos capaces de enfrentarnos al “yo” y de ser dueños de nosotros mismos?

Y ahora ha llegado el momento de dar paso al punto, al blanco, al silencio. ¡Disfrutad!

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